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| 08-01-2004 |
| La ignorancia flamenca |
| ¿Sin conservadores tendrían sentido los evolucionistas? ¿Sin evolucionistas tendrían sentido los conservadores? |
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En el flamenco actual, probablemente porque la corriente mairenista la ha intensificado, la pugna entre las diferentes estéticas sigue siendo una absurda constante. Los que se autodenominan puristas se oponen a todo aquello que suene distinto a lo que ellos dominan. A esos se les conoce como conservadores, un término mal empleado, ya que en realidad son defensores de su limitado conocimiento. Los llamados “flamenquitos” o evolucionistas se ríen de la supuesta cerrazón de sus contrincantes alegando que qué más da que la malagueña sea del Mellizo o de la Trini. No se dan cuenta de que en este alegato ponen en evidencia que no saben distinguirlas. En medio están los cautos, los que lo distinguen todo pero no hacen alarde de ello, los que igual escuchan a Marchena que a Juan Talega, los que verdaderamente saben de esto a pesar de que son los únicos que por ambos polos son tratados como ignorantes. Sin pretenderlo, estos últimos hacen de moderadores entre los primeros, pero consiguen avanzar poco. Porque cualquier prueba que se utilice para intentar explicar las cosas con moderación es analizada por ambas partes como los políticos analizan los resultados de las elecciones. Al final, todos ganan. Fíjense en este texto de Serafín Estébanez Calderón en el que narra una conversación entre El Planeta y su alumno, El Fillo:
“…Al descender el mamperlán de la puerta del jardín, el de la vihuela (sacándola de debajo del brazo y trayéndola con la mano al costado derecho) dijo al que más cerca le seguía con voz catedrática y preceptiva, estas palabras:
-Te digo El Fillo, que esa voz del Broncano es crúa y no de recibo, y en cuanto al estilo ni es fino ni de la tierra. Así te pido por favor –en esto daba mayor autoridad a su voz marcando mejor la entonación de imperio- que no camines por sus aguas y te atengas a la pauta antigua y no salgas un sacramento del camino trillado.
-Ya estaba en eso, Sr. Planeta –respondió El Fillo-. Aunque me separe así y por allá, alguna pizca de los documentos de la gente buena, en cuanto me hace seña la capitana entro en rumbo y me recojo al convoy…”
Si este texto se le da a un purista –utilicemos esta incorrectísima denominación para entendernos, porque el flamenco es una de las músicas menos puras que existen-, y se le intenta explicar que su actitud es más antigua que el hilo negro, como se observa en la conversación entre los dos cantaores primigenios, probablemente éste reaccionará diciendo que si durante tantos años ha perdurado esa actitud es porque tendrá validez. Si, por el contrario, esto lo lee un evolucionista, éste se fijará exclusivamente en el hecho de que El Planeta le recrimina al Fillo que cante con la voz ronca y le pide que se recree más en los tercios, tendencia absolutamente contraria a la de los conservadores actuales. Pero ninguno de los dos reparará en el hecho de que la principal aportación de este texto es la demostración de que el flamenco es un arte en continua construcción, un género sujeto al clasicismo y a la evolución por igual. A ver: si el Fillo no hubiera cantado con el pescuezo áspero, ¿acaso se hubiera percatado el Planeta de cuál era el cante clásico? Si el Planeta no le hubiera recriminado al Fillo su actitud, ¿acaso este último habría sido consciente de su creatividad?
Traslademos la inferencia a la actualidad: ¿Sin conservadores tendrían sentido los evolucionistas? ¿Sin evolucionistas tendrían sentido los conservadores? El caso es que esta reflexión es más vieja que Matusalén: los polos opuestos se atraen, están tan juntos que ni siquiera se ven. Y en el centro, siguen los ignorantes. Ahora me doy cuenta de que mi padre me había explicado mal el significado de esta palabra: yo quiero ser ignorante. Cómo que no.
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Por Alberto García Reyes
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