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| 19-01-2004 |
| La pureza del cante tibetano |
| El soniquete del Himalaya es friolero y tembloroso, y se le reconoce por el típico estribillo «titiritar..tar,tar», del comienzo de sus cantes. |
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Meseta de Qinghai, año 2378, lugar de reunión del XCLIV Congreso de Arte Tibetano, que por fin ha conseguido reunir a los tibetólogos más importantes y a los mejores exponentes de este arte milenario que está en peligro de extinción por culpa de las weblogs musicales y la clonación indiscriminada de artistas de todos los tiempos. De hecho, el clamoroso éxito de los «Dalai Kings» -cuadro tibetano creado a partir de las células criogenizadas de Beethoven, «El Planeta» y Bob Marley- ha sembrado la alarma entre los guardianes de la pureza del cante tibetano. ¿Pero qué es el arte tibetano? Ese es el tema del XCLIV Congreso.
Para unos -más bien románticos- el origen del arte tibetano se remonta a la invasión de Alejandro Magno, quien en el año 343 a.C. llevó a la India la cultura griega, persa y babilónica; pero esta tesis nunca ha sido demostrada, aunque goza de gran predicamento entre los tibetólogos. Luego están los defensores del origen tántrico, quienes sostienen que los monjes del templo de Tashilhungpo descubrieron las melodías sagradas en pleno trance místico. Estos tibetólogos encarnan la corriente más radical, pues le niegan la posibilidad de interpretar arte tibetano a cualquiera que no se concentre lo suficiente y no sea capaz de recordar –por lo menos- cinco vidas anteriores. Sin embargo, el gran problema del cante tibetano es su diversidad.
El Tíbet limita al sur con la India, Nepal y Bután, teniendo como frontera natural la cordillera de los Himalayas, donde el intenso frío ha definido un estilo acompasado que supone el dominio de la técnica del castañeteo dental durante la ejecución del cante. El soniquete del Himalaya es friolero y tembloroso, y se le reconoce por el típico estribillo «titiritar..tar,tar», del comienzo de sus cantes. El crítico bengalí Bhrodh-Jorkez representa al Himalaya en el XCLIV Congreso.
Al oeste, el Tíbet limita con Kachemira y sus aires tienen toda la influencia del arte pakistaní, especialmente del kataj, y toda la tontería del baile ruso, especialmente el kasachov. La Bienal de Kachemira se enfrenta a las sospechas de clonación de bailaores, después de que algunos artistas dieran positivo en el control de anticloning. El crítico Al-Garsij Reieslamabad presentará pruebas contundentes en el XCLIV Congreso.
Al norte, el Tíbet limita con los montes Kun-Lum de la China continental, país que mantiene ocupado el Tíbet desde mediados del siglo XX. Los chinos ignoran el auténtico tibetano viene del Sur, y lo ningunean promoviendo artistas de la capital que experimentan con las weblogs musicales y están a favor de la clonación. El crítico Ho-Ma Gam-Boā preside la delegación china en el XCLIV Congreso.
Finalmente, al oeste el Tíbet limita con la misteriosa meseta del Pamir, donde los talibanes afganos cultivan algunas formas arcaicas del tibetano, con cuyos cantes esperan despertar al duodécimo imán del islam iranio. El crítico M'nolo Maicín Maicín –director del Festival del Cante de las Minas del Pamir- hablará en nombre de los talibanes tibetanos en el XCLIV Congreso.
Con todo, las previsibles disputas entre los tibetólogos no podrán contrarrestar el buen ambiente que reinará en el Tíbet, cuando millones de aficionados de todo el mundo se desplacen hasta la cima del planeta para disfrutar del único arte milenario y auténtico que ha sobrevivido a través de la historia. En el congreso se le rendirá un homenaje al cantaor «Niño del Everest», cuyas melismas recuerdan el mugido del yak en celo. Una voz poderosa, llena de sonidos blancos y con mucho «yeti».
Las sesiones del XCLIV Congreso podrán seguirse on-line a través de la web www.tibetano-news.com.
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Por Fernando Iwasaki
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